11 de diciembre de 2014


VI  CUMBRE MUNDIAL DE COMUNICACIÓN POLÍTICA
6  DE DICIEMBRE DE  2014, MEXICO DF.

PONENCIA

COMUNICACIÓN POLÍTICA SUBALTERNA Y GOBERNANZA GLOCAL
AUTOR:  MIGUEL   ÁNGEL HERRERA ZGAIB[1]

“Si se separa la teoría de la historia y de la política, la filosofía tiene que ser forzosamente metafísica, cuando la gran conquista de la historia del pensamiento moderno, representada por la filosofía de la praxis, es precisamente la historificación concreta de la filosofía y su identificación con la historia.”  Antonio Gramsci, en: La política y el estado moderno, p. 32.

 Presentación

                                                         De modo general, en esta como en las anteriores entregas de la VI Cumbre Mundial, dedicada a la comunicación política,  la inclinación principal del temario está cimentada y trazada por la práctica y los ejercicios de investigadores, consultores y asesores dedicados a las formas, instituciones y organizaciones que están determinadas por el paradigma de la representación política en el marco variopinto de las comunidades republicanas del mundo.

Estas comunidades no son ni han sido todavía democracias, a la manera como lo entendió y explicó Cornelius Castoriadis, en su ensayo ¿Qué es democracia?, que él relacionó directamente con el asunto de la autonomía de las colectividades humanas, en el acto de autogobernarse, en presente.[2]

Mientras tanto el paradigma tradicional de la democracia rebajada a los mínimos, circunscrita al gobierno de las elites está sujeto a una crisis orgánica de larga duración.

Es la democracia de los pocos, de los escogidos, de los gobernantes, tal como lo sostuvieron en momentos diferentes, Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca, y que Robert Michels sintetizara en la “ley de hierro de la oligarquía”, colocando en el mismo saco a la social-democracia europea.

Este paradigma experimenta una larga agonía, cuyos trazos sintomáticos dibujó bien para comienzos de los años 70, la Comisión Trilateral que integraban los intelectuales del establecimiento capitalista tardío, liderados por Samuel P. Huntington, Michel Crozier y Jogi Watanuki, coautores del libro The Crisis of Democracy: Reporto n the Governability of  Democracies to the Trilateral Commission.[3] Ellos denunciaron alarmados la existencia de una crisis que caracterizaron como (in)gobernabilidad democrática, declarándole de manera abierta la guerra a la participación política, a la democracia de los de abajo.

Ellos exigían a la “democracia” representativa severas restricciones, entre otras, para precaver, argüían, el colapso fiscal del estado ampliado, cuya receta política era la que había recuperado antes al capitalismo en derrumbe del periodo entre guerras. 

El saber de la cultura política y la participación

                                                            Apenas si había pasado para entonces, cuando se diagnosticó la crisis de gobernabilidad, una década del célebre estudio The Civic Culture (1963) dirigido por dos comparatistas estadounidense, Sidney Verba y Gabriel Almond, donde se examinaba encuestado a más de 1.200 personas, el rumbo de la democracia representativa en cinco países, en el contexto en que se decantaban los resultados de la posguerra y el nuevo orden mundial bipolar.

Aquella muestra  estudió los comportamientos políticos, sus valores y procesos de socialización, de ciudadanos de Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Italia y México, medidos por el rasero de la participación de entonces, donde, por supuesto, quedaban invisibles las minorías, y sin duda las mayores de todas: las mujeres y los trabajadores de estos países.[4]

Aquí conviene recordar también la distinción que trazó bien James Madison, en  su escrito X, publicado en El Federalista, cuando él participaba de la invención colectiva de la República americana, y de la interpelación a un sujeto singular, de suyo racista, We, The People. Tal y como aparece nombrado  en la Declaración de Independencia escrita por Thomas Jefferson.

Es una declaración que es y ha sido objeto de variados estudios; en particular quiero recordar ahora apenas dos, el realizado por Bruce Ackerman, un constitucionalista liberal radical; y el escrito de Michael Hardt, un filósofo radical de la política contemporánea, que acompaña con su ensayo la edición de la Declaración hecha por la editorial Verso en fecha reciente. 

Michael Hardt alcanzó la celebridad escribiendo y publicando conjuntamente con Antonio Negri,  la trilogía Imperio, en la cual dieron cuenta de la constitución política del presente, y rastrearon la emergencia de un sujeto político potencial, democrático, la multitud, y descubrieron la importancia del rescate y reconstrucción de lo común, disolviendo en él la separación privado/público impuesta por el moderno orden estatal burgués.

Así se encarna en el recurrente acto de elegir y ser elegido la denominada  democracia representativa, para distinguirla de la democracia a secas, que es otra cosa, y cuyo antecedente último, su invención misma, se remonta a la antigüedad griega. Tal y como lo documenta, inclusive, el politólogo liberal Giovanni Sartori en su libro  Política, lógica y método de las ciencias sociales.

El  cambio de paradigma

                                                              El profesor Giovanni Sartori, galardonado con el permio príncipe de Asturias a las ciencias sociales en este milenio, es ajeno a cualquier inclinación izquierdizante. Él  traza una diferencia entre la democracia “moderna” y la antigua, pero, eso sí, hace mutis por el foro con respecto a lo que acerca de la democracia escribió Baruch Spinoza en el siglo XVII.
El filósofo holandés extendió la exclusiva democracia de los antiguos atenienses a todos los ciudadanos, individuos libres e iguales de las repúblicas holandesas, con dudas manifiestas de Spinoza acerca de la conveniencia de incluir a las mujeres en los actos de gobierno;  así quedó registrado en lo que alcanzó a escribir para su libro inconcluso El Tratado Político durante la primera mitad del siglo XVII.

Dicha diferencia, la que marca la participación colectiva con poder decisorio, es una  que permite distinguir al liberalismo de la democracia, como lo expresa  también Antonio Negri, en Spinoza Subversivo, y antes en otro magnífico libro escrito en la cárcel, Spinoza la anomalía salvaje. Ensayos sobre el poder y la potencia.

Tal diferencia  la reconoce también para el siglo XX otro prestigioso estudioso, el politólogo estadounidense Robert Dahl, autor de Who Governs? (¿Quién gobierna?), así como de la Poliarquía, y un escrito titulado La igualdad política que son apropiados para esta reflexión.

Él tampoco confunde la representación política con la democracia como lo que es: aquella práctica política que se realiza entre iguales, quienes deliberan y deciden los asuntos colectivos; siendo sus extremos fundamentales a decidir y acordar la paz y la guerra, puesto que son estas acciones políticas las mantienen o transforman sustancialmente las relaciones humanas local y globalmente.

Ahora bien, desde la perspectiva de la Filosofía de la praxis, que es el nombre que le asigna Antonio Gramsci al saber transformador, al pensamiento de ruptura inaugurado por Carlos Marx, agudo observador y analista de la democracia en el siglo XIX, queda claro que ésta exige  autonomía como punto de partida y resultado, para que el trabajo liberado aboque la producción de las propias normas, sin entregar en cabeza de otros, por brillantes y sesudos que sean, tales decisiones.

Conseguir tal cometido, según Gramsci, en las condiciones históricas de Occidente, exige valiéndose de una metáfora militar, librar de manera incansable una guerra de posiciones democrática en el seno de la sociedad civil que con la sociedad política constituyen las superestructuras complejas de una nueva forma estatal que se consolida en la posguerra europea, y a la que Antonio Gramsci denomina estado integral, o estado ampliado.

Establecido lo anterior, es necesario señalar que el nuevo paradigma democrático, explorado por Gramsci en la experiencia de los primeros pasos socialistas, conlleva la autonomía política como núcleo, y ella está unida, de modo indisoluble, al poder constituyente, la potencia que instituye que es atributo tanto del orden local y ahora, más claramente, del global animados por la emergencia de la multitud ciudadana.

No hay para el nuevo pensamiento democrático y la praxis que reclama, el embeleco de un poder constituyente derivado que coloca en cabeza de la rama legislativa del poder público la función constituyente, conculcandósela a las multitudes.  Lo anterior se complementa con la institucionalización de esa potencia, esto es, la limitación del constituyente originario que no puede poner más en práctica la capacidad de auto-regularse, de revolucionar lo existente sin tener que acudir a guerras o auto-destrucción forzosamente.

De lo común a la comunicación política

“Lo que me parecía urgente, a comienzos de los años ochenta, era someter el léxico político moderno a la misma destrucción-deconstrucción que Heidegger había reservado a los conceptos fundamentales de la tradición filosófica. La convicción implícita…era la de que todos los términos de la política han asumido o están desde el principio marcados por una inevitable inflexión metafísica…” Roberto Esposito, en: Comunidad, inmunidad y biopolítica (2009), p. 10.

“Si queremos superar la espiral de exclusiones que se alza frente a nosotros, a largo plazo la el desafío será la construcción de alternativas socio-culturales, políticas y comunicacionales no contaminadas por la lógica de  un <> que exacerba el hecho de descartar un goce por otro más rutilante…Tendremos así la oportunidad de ver, aunque sea en medio de inevitables tensiones y contradicciones, el verdadero sentido de la diversidad, es decir, la gran cantidad de mundos que el mundo contiene.” Denis de Moraes (2007), “La tiranía de lo fugaz: mercantilización cultural y saturación mediática”, en: La sociedad mediatizada, p. 37.

                                                                       En relación a lo común y la comunicación, es elocuente lo escrito por quien fuera profesor de la Universidad de Padua, Antonio Negri, un activo intelectual militante durante las luchas revolucionarias en Italia y Europa de los años 60 y 70, durante su encierro preventivo. Me refiero aquí, al libro El poder constituyente. Alternativas de la modernidad, donde se hace un agudo, rico examen de la relación entre política y derecho.

Allí, él hace la crítica con detalle del constitucionalismo liberal, moderno y contemporáneo, sin derivar de ello ninguna pretensión anarquizante, y menos un rechazo de plano a las instituciones, pero sí a su fetichización bajo las formas de la soberanía, el estado, la nación o el  pueblo, que son nociones y prácticas históricas,  que las acompaña ninguna disposición de eternidad. Antonio Negri cita en su defensa la obra de Spinoza, y, entre otras cosas, define a la democracia como procedimiento, como gobierno absoluto.

 En seguida juntemos los dos epígrafes, el de Gramsci y el de Esposito, dos italianos, entre cuyos escritos median algo más de ochenta años. Lo quiero hacer para señalar que de lo que aquí quiero tratar es de la pertinencia de ejercitarnos en la exploración, el descubrimiento de un pensamiento de ruptura en materia política.

Este pensamiento tiene como plataforma de lanzamiento una noción radical de democracia, entendida como autogobierno absoluto de los muchos, de las multitudes en el complejo ámbito glocal, porque incorpora en la definición la expresión usada  por el sociólogo y periodista, Ulrich Beck, el tan citado autor de La sociedad del riesgo, y quien nos habla también de una modernidad reflexiva que hace pareja con el Spät kapitalismus estudiado entre otros por Ernst Mandel, Jürgen Habermas, y Fredric Jameson, en sus dimensiones económica, política y cultural, respectivamente.

Sociedad de riesgo y modo de la comunicación

                                                           Dicho lo anterior, quiero dejar sentado que lo que Beck llama sociedad de riesgo, no es más que la realidad socio-política que resulta de la inocultable presencia de la democracia exigida como atributo por los muchos. Tal revolución en las costumbres políticas se traduce en una carga de incertidumbre relativa, en particular, para los defensores a ultranza de la sociedad de mercado capitalista.

 En dar respuesta a lo nuevo, Beck es acompañado también por otro prestigioso sociólogo británico, Anthony Giddens, el autor de la “Tercera Vía”,  un camino que en Colombia se ensaya en forma extemporánea, puesto que es la propuesta que injertada con la paz, define el horizonte filosófico social de la prosperidad democrática defendida por Juan Manuel Santos, el presidente reelecto.

Pienso que, de una cierta manera, es la misma política que implementa, sin hacerle mucha publicidad a sus orígenes hechizos, el presidente Enrique Peña Nieto; y que tiene el padrinazgo intelectual del excanciller mexicano, Jorge E. Castañeda, un destacado coequipero de viaje con el actual presidente de los colombianos hace un cuarto de siglo casi.

Ahora bien, La Tercera Vía es una forma de gobernabilidad autoritaria. Ella produce donde se implementa el estallido de la violencia incubada en las instituciones del estado como en la sociedad civil, forjadas bajo el modelo restrictivo de la representación; y genera, por el contrario, no solo la resistencia de los gobernados sino la demanda multitudinaria de parte de estos de una efectiva democracia.

Tal exigencia hoy inaplazable, supone de hecho, darle a la retórica de los derechos humanos un sostén real, esto es, existencia a la igualdad social para la población local y global. El desmonte urgente de los privilegios que existen desde los tiempos coloniales, y que la revolución mexicano ensayó abolir en su periodo radical, pero que después del gobierno del general Lázaro Cárdenas, no experimentó nada diferente a retroceder.

Darle contenido efectivo a la gobernanza glocal actual exige  una redistribución de la riqueza social en aras de conseguir la productividad no alienada del trabajo que está sometido históricamente a la forma  fuerza de trabajo que lo disciplina y controla, al servicio del capital individual o social, tal y como lo conocemos en nuestros países.

La disposición democrática plena hace posible, de una parte, que se establezca por fin, las premisas de una comunidad política subalterna, esto es, de multitudes. Pero, claro, ella  tiene sus particularidades en cada país. En Colombia transita por un doble camino, complementario a fuerza, el de la insurgencia subalterna, armada, y el de la resistencia y desobediencia demandada por las minorías, los movimientos sociales y políticos desarmados.

El caso de México: de Chiapas  a Ayotzinapa

                                                  A su turno, en este aparte de la ponencia, permítanme un breve ejercicio ilustrativo de política comparada, para analizar el actual caso de México, porque nos descubre una doble implosión social. Primero, la que ocurrió en Chiapas (1994), con las demandas de autonomía, de autogobierno de los pueblos lacandones; y luego, ahora, la que se desencadena  ante el sacrificio de los 43 normalistas de Ayotzinapa, donde la defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales, se toma las calles, ciudades y poblados de todo México.

Este 6 de diciembre, en la vecindad de la sede de la VI Cumbre Mundial, por el paseo de la Reforma, con dirección al Monumento a la Revolución, desfilan miles de campesinos reclamando consignas y reivindicaciones que tienen la edad de la revolución de 1910.
Tal es la respuesta indignada que ha puesto en remojo las barbas de los partidos tanto en el gobierno como en la oposición. Y ad portas de una nueva movilización nacional se tradujo ya en una inusitada movilización de recursos para cambiar la realidad miserable por años del estado de Guerrero.

Hoy, precisamente, en las calles de esta ciudad, de génesis Mexica, afuera de este recinto, contingentes de campesinos venidos de toda la república posrevolucionaria nos ofrecen una lección de comunicación política de multitudes. Ellos quieren recordar la entrada de los ejércitos de los insurgentes subalternos liderados por Pancho Villa y Emiliano Zapata, en su triunfante marcha proveniente del sur y del norte.

Tomándose literalmente la ciudad, las multitudes en rebeldía abrieron otra modalidad de comunicación política, cuya disruptiva presencia quedó grabada en el archivo fotográfico de Cassasola, donde queda plasmada la doble presencia de la representación y la participación política, que aquella gesta revolucionaria no fue capaz de desatar eficazmente. 

Es  simbólica del nuevo tiempo de la comunicación política, aplazada por tantos años, la escena en que Doroteo Arango se acomoda en la antes vacía silla presidencial, después de la salida de los ejércitos constitucionalistas y su presidente. Y cómo a su lado sonriente, en gesto irónico, descreído está Zapata, cuyo ejemplo revive en las luchas de los de abajo, de nuevo, en 1994, en respuesta al despojo agrario, sufrido por indígenas y campesinos.

La novedad de la comunicación política subalterna

“Pienso que este aspecto filosófico del pensamiento de Gramsci, que hace de la praxis humana su categoría central, resiste en cuanto a su validez la acción corrosiva del tiempo, cualesquiera que hayan sido las vicisitudes de la praxis en la historia real.” Adolfo Sánchez Vásquez (1997), “Para leer a Gramsci en el siglo XXI,” p. 102.

                                                                 La comunicación política subalterna que aquí reivindico se inaugura con las primeras revoluciones de 1905 y 1910. Ella es el resultado de la presencia de lo común y los comunes, y con su salida de la pasividad la consolidación de un pensamiento de ruptura que había hecho sus primeras incursiones, a lo largo del siglo XIX, que fue el gran laboratorio inicial de la Filosofía de la praxis.

Este nuevo saber de la condición humana fue cultivado de modo principal por Carlos Marx, movido por las acciones revolucionarias que dan cierre a la primera mitad del siglo XIX, dándole término al ciclo de las revoluciones burguesas, y apertura a una nueva época, la de la emancipación y liberación del trabajo asalariado.

No son, por supuesto, los subalternos, los mismos individuos que animaron las comunas italianas y españolas de los siglos XIII al XVI, cuando fueron aplastados los comuneros de Castilla en Villalar, por los ejércitos de Carlos V, que convirtieron a la vida urbana medioeval floreciente en una imagen espectral, en una suerte de paisaje de tierra arrasada. Es este un paisaje parecido al que recreó T.S. Elliot en su poema de comienzos del siglo XX, y la novela de Robert Musil, El hombre sin atributos.

Pero no basta con citar, a Colombia y México en esta destorcida democrática. Están también los Estados Unidos, golpeados por la violencia racial, y la discriminación a las minorías hispanas.  Dos acontecimientos han marcado este despertar de las multitudes, después de los abusos cometido con ocasión del fraude electoral de 2000, perpetrado en el Estado de la Florida, que dio como ganador a George W. Bush, triunfo que fue aceptado, en complicidad,por su rival, el demócrata Al Gore.

Lo paradójico de esta primavera democrática es que ocurre con las muertes de dos ciudadanos negros, uno en Ferguson (Missouri), en el profundo sur, donde la respuesta fue violenta y la represión de la Guardia nacional mayor; y el otro, en el rosario de las 13 colonias, en la mismísima ciudad de New York, en el Borough de Staten Island, donde murió por asfixia inducida un vendedor ilegal de cigarrillos, es de lo que sindicaba el piquete de policías que se convirtió en sus verdugos.

La respuesta inicial, indignada, se tomó la autopista occidental y la bloqueó por un buen número de horas, y hubo también protestas en Harlem, y en Staten Island. La gente reclama la acción del gobierno, y el respeto a la vida y a los demás derechos, al  tiempo en que la medida ejecutiva tomada por el presidente Obama para impedir momentáneamente la expulsión de más de 4 millones de indocumentados, residentes en su país, la mitad son mexicanos, ha sido combatida.
 De inmediato  las mayorías legislativas en poder del partido republicano, que incluso amenaza con procesar al propio presidente por intento de desconocer la constitución y las leyes de los Estados Unidos, descubren a una nación dividida, donde la democracia no parece darle cabida a la presencia activa de los muchos tampoco.

Estos miles, que pueden convertirse en millones, como en la primavera norteamericana de los derechos civiles hace más de medio siglo, tienen que tomarse la  calle, y ensayar como multitud, también, otro tipo de comunicación política, la que aquí denomino Comunicación Política Subalterna. Es esta comunicación la única que hace posible una forma de gobernanza democrática glocal, porque está probado que no es un esfuerzo que pueda adelantarse con éxito en un solo país, sino que requiere el concurso de los muchos, a través de las redes sociales, como ya se ensayó con eficacia en el levantamiento zapatista de 1994.

El año  2015, tiempo de gobernanza democrática

                                                     El año 2015 se muestra como el escenario en el que estas reivindicaciones que multiplican e innovan en materia de gobernabilidad, impulsando una relación gobernantes/gobernados diferente, una gobernanza democrática, puesto que asume el papel activo de los antes gobernados, quienes también son actores de primera línea en las políticas de lo común, que deja a un lado, la fórmula divisoria y engañosa de las políticas públicas,

 Ya no es suficiente con que la población cumpla el papel de ser consultada, sin más, sin poder decidir sobre los asuntos que la afectan colectivamente; y sin tener injerencia en el destino inteligente de los recursos, de la riqueza colectiva, que sigue siendo la plaga de los gobiernos corruptos de la representación política.

Es el advenimiento de un tiempo nuevo, y parece que a los mexicanos de hoy, movilizados por una causa más que justa necesaria y urgente, les corresponde izar el estandarte de la democracia sin adjetivos, esto es la que exige como premisa efectiva la igualdad social, y el castigo a los responsables de todos los abusos cometidos, antes y ahora, de los que los desaparecidos son la abominable punta del iceberg, de la impunidad que permite y prohija el modelo de la representación política, que no es otra cosa que el placebo de la democracia real anunciada por Spinoza, y aplazada tantas veces.
Se trata de darle paso a la mayoría de edad democrática que requerimos con urgencia como alternativa glocal, esto es, a la verdadera comunicación política, a la creación en común, de lo común que disuelve la separación entre lo privado y lo público.





[1] Profesor asociado, exdirector del departamento de ciencia política, Unijus, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. Catedrático maestría de estudios políticos, Universidad Javeriana. Bogotá. Colombia. Ex rector Universidad Libre. Director Grupo de investigación PRESIDENCIALISMO Y PARTICIPACIÓN. Autor libros: Participación y representación política en Occidente,  y Antonio Gramsci y la Crisis de Hegemonía. La refundación de la ciencia política. Email: maherreraz@hotmail.com, presid.y.partic@gmail.com.

[2] Dice Castoriadis: “…constatamos que la democracia actual es cualquier cosa salvo una democracia, ya que la esfera pública/pública es, de hecho, una esfera privada, y constituye la propiedad de la oligarquía política y no del cuerpo político”. Ver Castoriadis, Cornelius (2006). “Qué es democracia”, en: Las figuras de lo pensable. FCE. Buenos Aires, p. 153.
[3] Huntington Samuel et al (1975). The Crisis of Democracy. New York University Press. New York.
[4] Tales deficiencias quedaron claras en el volumen que revisó el trabajo mencionado, publicado en 1980. La contribución de Carole Pateman, feminista y defensora de la democracia participativa es relevante al respecto.

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